por Pipo Fisherman 13-12-25
Hubo sesión especial en el Concejo Deliberante… o al menos eso decía la convocatoria oficial. Porque, en la práctica, el espectáculo del otro día se pareció más a la inauguración del nuevo anexo de la Escribanía del Ejecutivo que a un acto institucional de recambio democrático. Con la nueva mayoría arrasadora que tendrá el intendente, lo que menos se vio fue deliberación: abundaron, en cambio, los discursos emocionados, las despedidas calculadas, las promesas de colaboración absoluta y la sutil sensación de que el Legislativo local empezó formalmente su etapa de cogobierno por absorción.
Mientras se aplaudían a sí mismos, desfilaban juramentos y sonrisas ensayadas, la escena dejaba flotando un mensaje inequívoco: el Concejo Deliberante ya no es un poder, sino un trámite administrativo extendido, un escritorio largo donde se irán sellando —con elegante cadencia ceremonial— las decisiones del intendente. El verdadero evento de la jornada no fue la jura: fue la confirmación pública de que, de ahora en más, el Ejecutivo gobierna con chequera, lapicera y escribanía propia, todo bajo el mismo techo.
El juramento vintage
Entre los momentos pintorescos de la sesión, destacó el juramento de un concejal opositor que, con gesto solemne, pidió por una épica algo extraviada en el tiempo: “Cristina libre”. No hubo ovación, ni cámaras temblando, ni celulares disputándose el mejor ángulo para viralizar la frase. Más bien se escuchó ese silencio amable que se le dedica a los actos de tierna ingenuidad, como cuando un chico declara que de grande quiere ser cowboy. En un país donde ese reclamo ya no retumba ni en las plazas militantes, y mientras se ventilan en tribunales causas que complican la idea de “proscribir a una perseguida”, el concejal logró algo singular: desempolvar una consigna de otra era, traerla al presente y, sin quererlo, recordar que la nostalgia política también tiene sus pequeñas ficciones reconfortantes. Porque reclamar libertad para quien jamás perdió el micrófono ni la centralidad en la escena pública es un acto que mezcla devoción, negación y —por qué no— un delicado romanticismo revisionista.
La interna que empezó antes del brindis
La primera intervención del flamante concejal libertario fue todo menos inocente. En vez de arrancar con una declaración de principios, una propuesta o siquiera un saludo protocolar, eligió agradecerle su banca a su “referente” político: el ex candidato a intendente libertario, hoy premiado con oficina climatizada en ANSES —ese organismo que se suponía la casta debía dinamitar— y recientemente fotografiado a pura sonrisa junto a una Secretaria de Estado con más causas que seguidores en Threads. Una postal que los libertarios locales, viejos y nuevos, prefieren mirar de reojo mientras repiten su mantra anticorrupción como si nada.
La mención fue tan calculada que sólo faltó que sonara una cortina musical para anunciar que, sin quererlo (o muy queriéndolo), se abrió el primer capítulo de la interna por el sillón de Cabrera. Por un lado, el oficialismo municipal, donde varios ya corren la carrera sin haber escuchado todavía el disparo de largada: especialmente el Secretario de Desarrollo, omnipresente en cada foto de acto oficial como si quisiera acumular millas de visibilidad para canjear por una candidatura. Del otro, el referente libertario buscando revancha, sabiendo que el actual intendente no irá por un tercer mandato y que su jefe partidario, Santilli, tiene la costumbre de repartir despachos con vista privilegiada a quienes se portan bien.
Así, sin estridencias pero con mucha sutileza, asistimos al debut de una novela que promete capítulos jugosos: alianzas improbables, egos indomables y esa ansiedad por sentarse en un sillón que, visto lo visto, parece más codiciado que útil.
El radicalismo en posición fetal
El flamante concejal del ya casi arqueológico radicalismo local —esa especie política en extinción que hoy se estudia más en archivos que en comités— debutó con un discurso correcto, previsible y educado, casi como quien intenta convencer al auditorio de que todavía existe algo llamado UCR. Su presencia, sin embargo, venía con una incógnita más jugosa: ¿seguirá los pasos de su ex presidenta partidaria, que entregó su banca al oficialismo a cambio de un carguito tibio y sin demasiada responsabilidad, o intentará alguna tímida dosis de autonomía?
Pero lo verdaderamente pintoresco fue su ubicación estratégica: sentado justo al lado del recién asumido concejal camporista. Una foto que dejó más preguntas que certezas: ¿coincidencia logística? ¿error del acomodador? ¿señal política? ¿o simple mala suerte? Habrá que esperar a las próximas sesiones para ver si mantiene ese lugar o si el rompecabezas legislativo empieza a mover piezas, ya sea con sutileza diplomática o con la brusquedad de quien no quiere quedar pegado a ningún lado.
Porque en un Concejo donde la mayoría oficialista ya parece una escribanía con luces LED, el radicalismo local tiene dos caminos: seguir empequeñeciéndose hasta volverse un sello decorativo, o intentar una existencia digna, aunque sea mínima. Su ubicación en el recinto será el primer dato antropológico para estudiar esa evolución… o su desaparición definitiva.
La combatividad de despedida… y sus límites
Antes de que comenzara el festival de juramentos y guiños políticos, llegó el turno de los discursos de despedida de quienes dejaban sus bancas. Nada fuera del libreto: emoción dosificada, indignación reciclada y, en el caso del bloque que perdía sus dos escaños, un encendido alegato “combativo” que ya sonaba más a banda sonora conocida que a sorpresa. Repetición de grandes éxitos: falta de transparencia, sueldos municipales de miseria, precarización, vecinos hurgando en volquetes, luchas reivindicadas con la convicción de siempre… Lo curioso fue mirar al Intendente, rojo de furia, impasible, haciendo gala de esa nueva moda del oficialismo: enojarse sin mover un músculo.
Y, por supuesto, el intendente mordió el anzuelo: en su discurso posterior (sin derecho a réplica para nadie), tildó todo aquello de “puesta en escena”. Un comentario más soberbio que inteligente, pero que abría una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo denunciado caía en esa zona gris donde la denuncia política se vuelve mero ritual?
Porque si un sector denuncia falta de transparencia durante años, pero jamás pisa un juzgado; si denuncia salarios indignos, pero jamás menciona el rol colaboracionista de los sindicatos locales, maestros zen del reclamo simbólico (el eterno pedido de un bono que saben impagable, ese mantra anual que sirve solo para calmar a la tropa); si habla de precarización en las Cooperativas, pero guarda un silencio piadoso frente a los millones destinados a una Cooperativa directamente inhabilitada, cuyo encargado —el siempre funcional Sr. Luna— moviliza “a su gente” en tiempos de campaña oficialista; si muestran horror por vecinos comiendo de volquetes, pero todo queda en una indignación mediática sin pasos concretos…
Entonces sí, algo empieza a sonar raro. No al nivel de la soberbia del Intendente —no caigamos tan bajo—, pero sí lo suficientemente cercano como para preguntarse si tanta combatividad no terminó siendo apenas eso: una puesta en escena con buenas intenciones y poco músculo. El compromiso existe, sin duda; pero el resultado deja ese maldito gusto a poco, como si el problema no fuera solo lo que denuncian, sino lo escaso que estuvieron dispuestos a hacer para cambiarlo.
El discurso: equilibrio, promesas y contabilidad creativa
Y entonces llegó el discurso del Intendente. Modesto orador —para qué negarlo, su fuerte nunca fue la épica verbal—, abrió su presentación con el berrinche ya procesado, intentando borrar con una sonrisa cuidadosa el enojo que todavía le marcaba el cuello rojo. Desde allí, su mensaje transitó dos senderos. El primero: la rimbombante promesa de invertir 1.000 millones de pesos en salud, una cifra que sonaba más a slogan que a anuncio real, especialmente cuando se sabeque todo depende del endeudamiento provincial… que a su vez depende del visto bueno del gobierno nacional. O sea: una promesa colgada de otra promesa, sostenida por un gobierno que dice que la obra pública es un curro. A esta altura, no sabemos si la promesa le quedó grande o si alguien cometió un grosero error de cálculo político. Quizás ambas.
El segundo eje fue un viejo conocido: la transparencia inclasificable, esa virtud que ellos mismos declaran pero nadie puede verificar; la austeridad selectiva, tan insistida como difícil de comprobar; y una novedad semántica que llamó la atención: ya no habló de superávit, habló de equilibrio fiscal. Toda una confesión involuntaria. Venían de años proclamando victorias económicas de goleada… y ahora anuncian que, con suerte, están empatando. ¿Tendrá algo que ver aquel mensaje interno —ese que se filtró inocentemente— donde alguien de su círculo más íntimo admitía un déficit mensual y la posibilidad de no poder pagar los aguinaldos?
De modo que el cierre del discurso fue una rara mezcla de contabilidad creativa, épica condicionada y eufemismos financieros. Una promesa gigantesca con ejecución incierta y la admisión parcial de un problema que, puertas adentro, ya reconocieron entero. Como discurso, no flojo: directamente pobre. Y si la idea era llevar tranquilidad, lograron lo contrario.
Se inaugura la Escribanía (con aplausos y juramentos)
Así transcurrió la sesión especial: con juramentos extravagantes, agradecimientos que delatan internas futuras, discursos previsibles y promesas infladas como globos de campaña. Pero, por sobre todo, quedó oficialmente inaugurada la nueva Escribanía del Ejecutivo Municipal, ampliada, refaccionada y dotada de una mayoría automática que garantiza trámites rápidos, firmas dóciles y silencio prolijo.
Los que se fueron dejaron denuncias repetidas y combativas, pero encapsuladas en el recinto, como si la indignación legislativa tuviera vencimiento al salir por la puerta giratoria. Los que llegaron ensayaron discursos que, lejos de incomodar al poder, parecieron acomodarse a su sombra. Y el Intendente, dueño de la lapicera y ahora también del libro de actas, prometió inversiones que dependen de gobiernos que desprecian la obra pública, habló de equilibrio cuando antes juraba superávit y se permitió descalificar lo que no podía refutar, amparado en el ceremonial que garantiza impunidad discursiva.
No hubo sorpresas. Hubo confirmaciones. Confirmación de que el Concejo Deliberante ya no será un ámbito de debate sino un registro notarial del Ejecutivo. Confirmación de que las mayorías aplastantes no se usan para mejorar la democracia, sino para evitarla. Confirmación de que la transparencia se declama, la austeridad se elige a conveniencia y el ajuste siempre baja, nunca sube.
La democracia, aquella que se celebra cada vez que conviene, volvió a cumplir su rito. Pero esta vez dejó un mensaje claro: no se trató de una asunción, ni de una despedida. Fue, lisa y llanamente, la puesta en funcionamiento de una escribanía más grande, con más personal, más sellos y menos preguntas.
Y como toda escribanía eficiente, el trámite ya está iniciado. Solo resta firmar.